LA MÚSICA EN EL ROMANTICISMO ALEMÁN: UNA “SINFONÍA CÓSMICA”

03.02.2023


Catalina Elena Dobre

La gloriosa "época de oro" de la cultura alemana es, sin duda, la época que ha manifestado una "expansión de fuerzas" de la inteligencia representada por "Goethe, Lessing, Mendelssohn, Schiller, Novalis, Fichte, Herder, Kant, los hermanos Schlegel, los hermanos Humboldt, todos ellos escribiendo libros que cambiaron la historia intelectual de Europa" (Hertz, 2005: 51), además de la revolución musical de Beethoven que se convierte en la portavoz de toda esta generación si recordamos solo la fuerza de la famosa "Novena", considerada por Wagner la música perfecta, la obra de arte por excelencia. Las ideas del romanticismo crearon en Alemania un "oasis" cultural representado por los famosos salones en los cuales, si bien se daba el inicio de las vanguardias literarias y filosóficas, siempre estaba presente la música. Esta última tuvo un papel muy importante en el ideal romántico de la Bildung, cuyo mensaje era la idea de cultivarse a sí mismo para alcanzar la nobleza del espíritu.

Weimar, Jena y Berlín eran las ciudades donde más se reflejaba la vivencia de las ideas del romanticismo, manifestándose un deseo unánime de construir una civilización, cuya raíz debería ser "Kultur" (la cultura); una civilización que tenía la intención de fundamentarse en la cultivación personal del espíritu, cultivo que no debería, de ninguna manera, quedar almacenada en la memoria de cada persona, sino verse reflejada en el modo de comportarse de cada ser humano. Bajo este programa de Weimar, la civilización debería ser el reflejo de una sociedad para la cual la memoria está almacenada en forma de hábitos y tradiciones que se transmiten de un individuo a otro a través del ejemplo personal (Bruford, 1962: 5), marcando así toda una generación que se extiende desde 1770 (con el movimiento Sturm und Drang) hasta 1850. Para toda esta generación romántica que quiere rehabilitar la sensibilidad y la belleza de la vida, la filosofía se convierte en añoranza poética; el arte, y en especial la música, se vuelve la más sublime forma de manifestar este ideal absoluto que buscaban. En el escrito Fantasías sobre el arte de 1799, Tieck afirmaba que "sin música el mundo es como una casa desolada, aún incompleta, que carece de habitantes. Por esta razón, la historia griega y bíblica más antigua, de hecho la historia de cada nación, comienza con la música" (Cfr. Bowie, 2007: 140).

La música expresaba de mejor manera la tensión entre lo finito y lo eterno, la belleza y la tempestad de la naturaleza, la vitalidad, el sufrimiento y lo inalcanzable. Para los filósofos y los compositores de aquel momento; es decir, al final de siglo XVIII, la música expresaba -y sigue guardando esta calidad-, todo aquello que no se podía expresar mediante el concepto. En otras palabras, la música era y es, o debería ser, a-conceptual. Uno de los más importantes románticos de Alemania, Friedrich Schlegel, hablaba de la música como añoranza, como nostalgia de todo aquello que se ha perdido. La música no se puede traducir en palabras humanas, no alude a situaciones concretas y tampoco expresa directamente la interioridad del compositor o del músico. La única "utilidad" de la música es que nos ayuda comprender nuestro origen, recorrer el paraíso perdido. En este sentido la música nos libera.

Por lo mismo, no exagero si afirmo que no existe época más productiva en música como la época romántica. Desde finales del siglo XVIII, con Beethoven -un genio revolucionario de la música en sí- hasta Franz Liszt, Brahms, Richard Wagner, etcétera, todos ellos buscando revelar el sentir metafísico del mundo. Todos los representantes de la literatura y la filosofía del romanticismo alemán acordaron que la música será la quintaesencia del arte: lo inefable y lo metafísico.

Pero hay que decir que la creación musical se sirvió también del genio de la literatura y la filosofía; se trató de una influencia recíproca (y, como ejemplo, tenemos la Novena Sinfonía inspirada de la Oda de la alegría de Schiller; la música de Wagner inspirada en la filosofía de Schopenhauer; o el Fausto de Goethe reflejado en la música de Wagner, Liszt o Berlioz; o Schubert en los poemas de Goethe, o el Egmont de Beethoven (op. 84) inspirado en el Egmont de Goethe. El poeta Friedrich Heine afirmaba que "uno debería haber vivido en Alemania para entender la conexión entre música e ideas" que, sin duda, representaba "un culto nacional" como afirmaba Wagner.

E. T. Hoffman llamaba la música como la más romántica de todas las artes y era el camino hacia la trascendencia y Novalis hablaba de la rejuvenecimiento del espíritu a través de la música. Para Novalis la música ayudaba a purificarnos del lenguaje, siendo a la vez la más evidente forma de oponerse a la racionalización de la existencia. Mientras que la escritora alemana Henriette Feurbach (1812-1892) decía en este sentido: "Afirmo que la música es más grande que todas las demás artes; no es necesario que se le enseñe para que sirva de medio; actúa sobre la sensibilidad que está más cerca de nuestro yo más íntimo que el intelecto; es el espíritu que habla directamente al espíritu" (Cfr. Cœuroy, 1927: 109).

En lugar de los conceptos abstractos; el arte y, sobre todo, la música se vuelve una nueva forma de comunicar para los románticos quienes confiaban más en la arbitreidad del genio creador, en la libertad del espíritu, en la intuición: para ellos la regla era precisamente la ausencia de la regla, creando así una brecha entre la realidad y la idealidad, esta última pudiendo ser alcanzada solo mediante el arte, en especial, la música, la única que puede expresar lo "incomunicable" marcando los límites del pensamiento conceptual.

No extraña que la música empieza a tener para ellos un sentido sagrado, religioso; Schleiermacher mismo afirmando que "La religión es música sagrada que acompaña la acción humana y la música es religión" (Cœuroy, 1927: 110). La música es para los románticos el espejo del alma que necesita recrear su camino hacia lo divino. Sin embargo, la música no se reduce a una función meramente religiosa, así como se entendía en los siglos pasados. Cuando Schleiermacher afirma que la música es religion refiere a su fuerza espiritual de elevar al hombre y unirlo en un vínculo invisible con lo eterno.

Ya desde finales de siglo XVIII las Sinfonías de Haydn y de Mozart sonaban en los salones y los concert-hall de Jena, Berlín, Waimar o Viena. Sin embargo, cuando Beethoven empezó a presentar su música, fue el inicio de una verdadera revolución debido a un nuevo sonido ya libre y abierto a un público amplio. La música de Beethoven, aunque algunos siguen el debate sinsentido de que fue un compositor clásico o romántico, es por definición la sinfonía del romanticismo alemán. No hay composición suya en la cual no se reflejará las carácteristicas del romanticimso: el amor inmortal, la tempestad de la naturaleza, la sensibilidad, la pasión, la historia, el heroísmo, la ironía, la tragedia, la creencia en ideal de la humanidad, la religión así como la relación entre música e ideas. Todas estas composiciones expresando la personalidad radical del genio pero también sus lecturas: desde Plutarco a Schiller, a Shakespeare, a Goethe, o Rousseau; sin decir que el mismo año de su nacimiento, 1770, es el año cuando Rousseau escribía sus Confesiones y como homenaje a las ideas del filósofo el mismo Beethoven se pensaba a sí mismo como el "buen salvaje" que decide escribir una música para la humanidad.

A pesar de ser un hombre culto, cuando se trataba de crear Beethoven se entregaba a escuchar la voz de lo divino: Bettina Brentano von Arnim afirmaba que en Beethoven no había nada "intelectual", sino que la música era más bien revelación (Cœuroy, 1927: 110) Y es verdad que la creación de Beethoven no era el resultado de un análisis conceptual o de una reflexión lingüística, sino de una fuerte vibración interna: como si estuviera codificada ya en su corazón. Un contemporáneo suyo - Sir John Russell- testimoniaba: "Cuando se sienta al piano parece que no exista ninguna cosa en el mundo fuera de él y de su instrumento. Si pensamos que es sordo, parece imposible que pueda oír todo lo que toca. Lo más interesante es observar como pasa la música de su alma a su rostro. Parece tener sentimientos intrépidos, impetuosos y tempestuosos" (Wiesenthal, 2009: 420)

Joseph Haydn, cuando lo encuentra y revisa sus composiciones musicales, se dará cuanta de que Beethoven sacrificará la razón para la fantasía, diciéndole que es un hombre que tiene varios corazones y, por lo mismo, revelará su personalidad en la música. Y Beethoven sabía que era especial y no encontraba su lugar en una sociedad formalista y frívola.

No solo crea una música inedida, fuera de lo común, sino que su propia sordera revelará el significado mismo de lo que es un genio, como Kant lo definía: un ser dotado por la naturaleza con talento. Desde el silencio Beethoven, este genio sublime, va a crear una música única: una sinfonía cósmica que nos recuerda que nuestros corazones están unidos a una constelación universal y que el mundo no es caos, sino un cosmos ordenado.

La música no sólo para los románticos -también desde los tiempos más antiguos ha tenido un poder curativo, catártico y, no por casualidad, el filósofo Nietzsche la llamaba su pharmakon (farmaco). Para los románticos, dado esta fuerza que tiene, la música se transforma en su Weltanschauung (en su cosmovisión) y, a partir de ellos, es difícil de imaginar o de entender el mundo sin la música porque se dirige, antes que nada, al corzón. Entendemos así las palabras del mismo Nietzsche quien afirmana que "sin música la vida no tiene sentido alguno". La música es la más elevada de todas las artes porque no apela al entendimiento sino que nos pone en contacto inmediato con el universo, haciéndonos partícipes directos a la gran sinfonía de la vida.

Referncias:

Hertz D., Jewish High Society in Old Regime Berlin, New York: Syracuse University Press, 2005.

Bruford W. H., Culture and Society in Classical Weimar 1775-1806, New York: Cambridge University Press, 1962.

Andrew Bowie, Music, Philosophy and Modernity, Cambridge University Press, 2007.

Cœuroy André, The Muiscal Theory of the German Romantic Writers, The Musical Quarterly, vol. 13, no. 1 (1927) pp. 108-129, p. 109.

Wiesenthal, Libro de Requiems, Barcelona: Edhasha, 2009. 

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